Compartimos dos ensayos de John Zerzan extraídos del libro "Correr sobre el vacío- la patología de la civilización". (click acá para acceder al link del libro)

El autor anarquista aborda temas tan diversos como la cultura popular, de su odio a Star Trek al escritor Brett Easton Ellis, las artes plásticas y críticas a autores como Noam Chomsky, Hakim Bey y el Unabomber.

Como hilo conductor aparecen una y otra vez las posturas que lo hicoeron uno de los pensadores anarqusitas estadounidenses más reconocidos de las últimas décadas: su desprecio a la tecnología, la idea de la civilización como inherentemente opresora y la visión de la sociedad cazadora-recolectora como modelo para una sociedad libre.

¿Unabomber según quién?

1995

Hace ya tiempo que los tecnópatas y demagogos de la tecnología están entre nosotros. Uno de ellos es Marvin Minsky, pionero de la inteligencia artificial que se hizo célebre a principios de los ochenta por su descripción del cerebro como “una computadora de carne que pesa un kilo y medio”. Su aparición en el número de diciembre de 1983 de Psychology Today provocó esta carta:

 

Marvin Minsky:

Con el tratamiento absolutamente acrítico —perdón: la calurosa bienvenida— que le da la alta tecnología, incluso a abominaciones tales como las máquinas con “emociones” que usted desarrolla y promociona, por lo menos queda claro cuál es la proyección de Psychology Today para la vida social.

Su trabajo deshumanizante es una gran contribución para el avance acelerado de la alta tecnología hacia un paisaje cada vez más desindividualizado, artificial y vacío.

Creo que no estoy solo en la opinión de que las lacras como usted algún día van a considerarse como los peores criminales que produjo este siglo.

Lo saluda con asco,

John Zerzan

 

Una década más tarde, la cantidad de personas que se dedican activamente a la destrucción del alma y la muerte de la naturaleza seguramente haya aumentado, pero el apoyo general a la cosmovisión que respalda esta actividad sin duda es menor.

Entonces, aparece Unabomber (él, ella, ellxs) con una crítica —con palabras y con actos— a nuestra existencia tecnológica triste, perversa y cada vez más despojada. Unabomber llama a un regreso a la “naturaleza salvaje” a través de “la destrucción total y permanente de la sociedad industrial moderna en todas partes del mundo” y el reemplazo de la sociedad impersonal, alienada y sin libertad por otra compuesta de pequeños agrupamientos, donde la vida social se desenvuelva en relaciones cara a cara. Unabomber mató a tres personas e hirió a otras veintitrés al servicio de esta visión profundamente radical.

Hay dos objeciones evidentes a esta teoría y su práctica. Para empezar, el regreso a modos de vida no domesticados y autónomos no se alcanzaría únicamente erradicando el industrialismo. El dominio sobre la naturaleza, el sometimiento de las mujeres, la guerra, la religión, el Estado y la división del trabajo, para citar algunas patologías sociales básicas, seguirían en pie. Hay que descomponer la civilización misma para llegar al destino que señala Unabomber. En otras palabras, el paso en falso de la humanidad, de una manera mucho más esencial que la Revolución Industrial, fue la revolución agrícola.

En cuanto a la práctica, enviar correos con explosivos a los agentes que llevan adelante la catástrofe actual es muy arbitrario. Carteros y niños podrían ser víctimas fácilmente. Aunque consideráramos legítima la estrategia de atacar el horror de la alta tecnología infligiendo terror a sus participantes indispensables, el daño colateral no se justifica.

Mientras tanto, Unabomber opera en un contexto general de miseria psíquica y pérdida de fe en todas las instituciones del sistema. Para ser más específico, ¿cuántos espectadores se mostraron en desacuerdo con Terminator 2, que equipara la ciencia y la tecnología con la muerte y la destrucción? En su artículo “A Rage Against Science” [“Rabia contra la ciencia”] (San Francisco Examiner, 30 de abril de 1995), Keay Davidson señaló, en relación a Unabomber, que su “odio declarado a las tendencias científicas y tecnológicas refleja una desilusión popular cada vez mayor con respecto a la ciencia”.

Un ejemplo notable de la resonancia de la arrasadora crítica de Unabomber al mundo moderno es “The Evolution of Despair” [“La evolución del desánimo”], de Robert Wright, que fue nota de tapa de Time el 28 de agosto de 1995. El extenso artículo discute la crítica de Unabomber de manera sobria y comprensiva, en un esfuerzo por llegar hasta “la fuente de nuestro profundo descontento”.

Por otra parte, como era de esperar, otros comentadores intentaron minimizar el posible impacto de semejantes ideas. “Unabomber Manifesto Not Particularly Unique” [“El manifiesto Unabomber no es particularmente original”] es un resumen despectivo de John Schwartz sobre el cuestionamiento de la sociedad, como si en las aulas se fuera a hablar de eso. Ellul, Jünger y otros que comparten una perspectiva negativa sobre la tecnología no son en absoluto anticuados, sino desconocidos. No forman parte de ningún discurso aceptado ni respetable. La cobardía y la falta de honestidad típica de profesores y periodistas nunca estuvo mejor representada.

Fácilmente predecible también es la antipatía con que la izquierda liberal recibió las ideas de Unabomber. “Unabummer” [“Unaestafa”] fue una denuncia casi histérica de Alexander Cockburn que apareció en The Nation el 28 de agosto y 4 de septiembre de 1995. Esta seudocrítica del capitalismo estadounidense despotrica contra la “demencia política homicida” de Unabomber, fruto de una tradición anarquista “irracional” en Estados Unidos. Según Cockburn, Unabomber representa el “romanticismo podrido del individuo y la naturaleza”, la naturaleza está perdida para siempre y tenemos que aceptar de una buena vez su extinción. En respuesta a este intento de envilecer y marginalizar a Unabomber y el anarquismo, Bob Black señala (en una carta al editor que no fue publicada) el resurgimiento mundial del anarquismo y considera que Unabomber expresa “la línea dominante y lo mejor del pensamiento anarquista norteamericano contemporáneo, que ha superado en su mayor parte el obrerismo y el productivismo que con demasiada frecuencia compartió con el marxismo”.

En la primavera de 1995, la vocera de Earth First! Judi Bari declaró que Unabomber era un “sociópata” y agregó, sin dudas pero con errores, que “nadie en el movimiento ambientalista radical llama a la violencia”. No es este el lugar para discutir como corresponde las políticas del ambientalismo radical, pero la pontificación de Bari se parece a la voz de muchos anarcoliberales que no quieren ir más allá de la agotada e ineficaz desobediencia civil en la defensa de la naturaleza y que agitan eslóganes tan tibios y transigentes como “No a la deforestación sin representación”.

El número del verano de 1995 de Slingshot, tabloide de los políticamente correctos militantes de Berkeley, incluyó un breve editorial donde se acusaba a Unabomber de haber puesto al medio radical ante “el verdadero peligro de la represión del gobierno”. Con temor, le echan la culpa a Unabomber y pasan por alto el simple hecho de que cualquier golpe a la megamáquina va a provocar una respuesta de nuestros enemigos. La mejor manera de conjurar el espectro de la represión es no hacer nada.

Por su parte, los “anarquistas” de Love and Rage (agosto/septiembre de 1995) también se unieron al coro izquierdista contra Unabomber. El artículo de Wayne Price “Is the Unabomber an Anarchist?” [“¿Unabomber es anarquista?”] concede, al igual que Bob Black, que “actualmente la mayoría de los anarquistas no consideran que el desarrollo de la tecnología industrial sea ‘progresista’, ni siquiera ‘neutral’, como los marxistas o los liberales”. Pero después de estas moderadas palabras a favor de la influencia de ideas similares a las de Unabomber, Price lo condena rabiosamente como “un asesino que arrastra ideas nobles por el lodo” y le niega el apoyo político y legal que sí aceptaría darles a los autoritarios de izquierda que son blanco del Estado. Love and Rage se define por una dura ideología de organización de las masas fuertemente manipuladora. Estos políticos ignoran o bien condenan las perspectivas más honestas y más radicales.

Este breve y selectivo repaso por la oposición a Unabomber no agota ni por lejos la variedad de reacciones. Hay otras perspectivas, muchas de las cuales, por razones obvias, me fueron expresadas de manera privada. Algunos de nosotros, para empezar, vimos un rayo de esperanza en la esperada aparición pública de un desafío a los fundamentos de este paisaje depravado. Contra la idea generalizada de que no tenemos control sobre nada que esté más allá de nosotros mismos, Unabomber viene a romper el monopolio de mentiras. Pueden decir que su impacto (mediático) hoy es noticia y mañana quedará en el olvido. Pero por lo menos unos pocos habrán entendido y recordarán. La ironía, desde luego, es que hicieron falta explosiones mortales para escuchar una alternativa a la destrucción planetaria e individual.

No hay que pasar por alto el concepto de justicia cuando se considera el fenómeno Unabomber. De hecho, a excepción de sus víctimas, ¿cuándo tuvo que responder por sus acciones alguno de los numerosos pequeños Eichmann que están preparando el Mundo Feliz? ¿Dónde quedan las responsabilidades individuales cuando los que planifican nuestra cotidiana marcha de la muerte en todo el mundo viven en total impunidad?

El orden dominante recompensa a esos destructores y limpia su imagen. El 21 de mayo de 1995, el artículo “Unabomber and David Gelerntner” [“Unabomber y David Gelerntner”], publicado en la revista del New York Times, humaniza al segundo, herido por una bomba de Unabomber en Yale, como un agradable visionario de la informática que prepara un “Renacimiento del espíritu humano”. Sin embargo, con solo leer el artículo queda claro que Gelerntner está colaborando en la apertura hacia una distopía autoritaria basada en las perspectivas tecnológicas más recientes, como la ingeniería genética.

¿Es poco ético tratar de detener a aquellos cuyo trabajo está provocando un ataque sin precedentes contra la vida? ¿Es mejor aceptar sin resistencias nuestro papel pasivo en el actual clima de época, caracterizado por la ignorancia y el cinismo posmodernos? Como dijo hace poco un amigo en California, cuando la justicia está en contra de la ley, solo quienes están fuera de la ley pueden hacer justicia.

No hablaré aquí del largo manuscrito de Unabomber; sus virtudes y defectos merecen un análisis aparte. Estos comentarios pretenden echar luz sobre algunas de las numerosas críticas, casi todas negativas, más que sobre el objeto de estas. Se aprende mucho acerca de una sociedad cuando se observa la variada gama de reacciones contra quienes se atreven a cuestionarla.

Un entendido del Medio Oeste señaló: “Yo creo en Freedom Club/Unabomber… está por todo el país. Sus ideas, como dijeron los situacionistas, ‘están en la cabeza de todos’, es solo cuestión de escuchar la propia rabia”. En palabras de Anne Eisenberg, de la Universidad Politécnica de Brooklyn, “Si rascás un poquito, todos somos luditas”.

En su columna del 6 de julio de 1995 en el Boulder Weekly, Robert Perkinson concluyó sabiamente:

Ante la abrumadora locura del crecimiento económico descontrolado y la desintegración posmoderna, ¿de verdad podemos decir que esa nostalgia, incluso esa rabia, son tan delirantes? Para muchos, sobre todo para quienes sobreviven haciendo trabajos que no les gustan y miran con ojos soñadores las estrellas veladas por el alumbrado público, la respuesta probablemente sea no. Y para ellos, puede que Unabomber no sea un demonio psicópata. Puede que incluso le deseen la mejor de las suertes.

 

 

Él habla en serio, ¿y ustedes?

1997

 

La oposición actual es anarquista o no es nada. Este es el mínimo básico de coherencia que debe pedírsele a la lucha contra la totalidad devoradora. Y si bien hace diez años el medio llamado antiautoritario era en gran medida sindicalista, los residuos de izquierda están desapareciendo por completo. Muy pocos en la actualidad sostienen una visión liberadora del trabajo y la producción. Mientras el hedor de este orden falso y podrido que provoca estragos sin precedentes para todos los seres vivos se eleva al cielo, la fe en el mundo moderno se evapora. Parece que el industrialismo y todo lo que este trajo consigo fueron una muy mala idea, un mal paso que dimos incluso mucho tiempo antes. La civilización misma, con su lógica de domesticación y destrucción, parece insostenible.

Después de todo, ¿quién es feliz en medio de esta desolación? Algunos simpáticos indicadores nuevos miden cosas como la cantidad de jóvenes que se automutilan y de padres que asesinan a sus propios hijos. De alguna manera, una sociedad que es cada vez más impersonal, cínica, inhábil, aburrida, artificial, depresiva, desgastada y fea, que incita al suicidio, genera ansiedad y funciona a base de drogas, una sociedad sin futuro, hace surgir un cuestionamiento sobre sus causas y su sentido.

La izquierda, con su programa superficial, está al borde de la extinción. Sus militantes levantaron campamento y, en algunos casos, se pasaron a aventuras mucho más interesantes.

El anarquismo —si todavía no es posible hablar de anarquía— es lo único que prosigue, a pesar del insidioso ocultamiento. Para estar a la altura de la descomposición acelerada de la sociedad y el desplazamiento de la vida en general, hay una resistencia tenaz que se transforma con cierta rapidez. La retirada de la izquierda, después de la acelerada caída del prestigio de la Historia, el Progreso y la salvación por medio de la tecnología, es solo uno de los avances. Los viejos militantes, con su ética de orden y sacrificio, su compromiso con la economía y el intercambio, ya están en las vitrinas del museo de las revueltas parciales.

Entonces llega Unabomber y comienza a trazarse una nueva línea. Esta vez, los bohemios de los esquizo-flujos, los yuppies ecologistas, los anarcoperiodistas aficionados, los condescendientes movimientos para organizar a los pobres, los estetas nihilistas siempre atentos a la moda y toda la gama de “anarquistas” que pensaron que sus gustos pretenciosos jamás serían cuestionados tendrán que elegir de qué lado están. Puede que también aquí nos encontremos ante un Rubicón del cual no habrá vuelta atrás.

Algunos, sin duda, preferirían esperar a la víctima perfecta. Muchos quisieran desaprender todo lo que saben sobre la violencia ubicua e incuestionada del orden dominante para poder condenar tranquilos el contraterror de Unabomber.

Pero acá está él, este es el desafío que tenemos.

¡Anarquistas! ¡Hagan un esfuerzo más si de verdad quieren oponerse a esta larga pesadilla!