Entrevista publicada originalmente en Punk Planet #31, mayo/junio de 1999, incluída en el libro No te debemos nada: entrevistas escogidas de Punk Planet Magazine. Con descuento hasta el 1/9.
A diferencia de muchos de los artistas que ayudaron a fundar la escena punk actual, Ian MacKaye se niega a volverse irrelevante. Activo por más de veinte años, MacKaye es incluso más importante en la actualidad que cuando creó The Teen Idles, su primera banda, en 1979. Mientras otros músicos de su generación se dedican a dormir cómodamente en sus laureles, MacKaye continúa avanzando, y solo se detiene a mirar hacia atrás cuando lo fuerzan a hacerlo. “Diría que cualquier banda que esté activa hoy en día es más importante que las bandas que hubo antes”, explica MacKaye. “Son más importantes porque existen”.
Esto no quiere decir que “lo que sucedió antes” para MacKaye no sea significativo. Su historia se lee como la de la escena punk estadounidense. En 1979, estuvo en The Teen Idles, una de las primeras bandas punk de Washington DC. En 1980, comenzó, junto con Jeff Nelson, uno de los primeros sellos punk autogestionados, Dischord Records. Luego de eso –para bien o para mal–, MacKaye dio inicio al movimiento straight edge con su grupo Minor Threat. Unos años después, su banda Embrace, de corta existencia, puso en movimiento (junto con otros grupos del área de DC como Rites of Spring) lo que finalmente se conocería como “emo”, al atenuar la agresividad hardcore con voces emocionalmente expresivas y arreglos instrumentales contundentes y dramáticos. Luego, por supuesto, vino Fugazi.
Fugazi no comenzó ningún movimiento. Más bien, la banda se convirtió en un movimiento en sí misma. Iniciada en 1987 por MacKaye, el guitarrista y cantante Guy Picciotto, el bajista Joe Lally y el baterista Brendan Canty, Fugazi es la culminación de todo lo que vino antes y la encarnación de todo lo que vendría después.
En vivo, el grupo es siempre una revelación, lanzando cataratas de ruido de guitarra sobre las cabezas del público como olas que golpean la orilla. Fugazi, más competente en vivo que cualquier otro grupo que haya visto, puede frenar el castigo en un instante, subir la distorsión al máximo y encarar un estribillo como algo totalmente nuevo: como un susurro o un grito limpio e irrestricto. Un concierto de Fugazi es una experiencia que las palabras –especialmente las pocas asignadas a una introducción para esta entrevista– no pueden describir con facilidad. He visto a Fugazi muchas veces a lo largo de los años y en cada ocasión me fui desbordado.
Las grabaciones de Fugazi son un testamento de su negativa a quedarse quietos. Cada disco nuevo es como la mañana de Navidad: nunca sabés del todo lo que te espera, pero no podés esperar para descubrirlo. Los siete álbumes de Fugazi han visto al grupo transformarse de uno que empujó los límites del marco del hardcore punk a uno solo limitado por la imaginación de sus miembros. Lo que comenzó como un simple conjunto de cuatro integrantes, armados con toneladas de feedback y una elegante tendencia al reggae, se convirtió en una auténtica fábrica de ideas de vanguardia, constantemente agregando nuevas instrumentaciones y técnicas de producción y compositivas a sus bien surtidas arcas. Todo esto es una manera elegante de decir que el Fugazi de hoy no se parece en nada al Fugazi de ayer. MacKaye lo admite: “Obviamente, hay gente que nos escuchó en un momento y, si nos escucha ahora, va a pensar ‘Esta banda es completamente distinta’, pero eso es porque no siguieron todo el camino”.
Pero quizás la mayor influencia de Fugazi radica en el modo en que MacKaye y compañía decidieron manejarse como banda. Para decirlo en pocas palabras: Fugazi no se anda con vueltas. La banda nunca comprometió sus ideales de igualdad. Al insistir con entradas económicas, locales independientes (siempre que fuese posible), discos baratos y producidos de manera autónoma, Fugazi demostró al mundo cómo manejar los negocios de un modo respetuoso y honesto. Quizás se deba a que Fugazi no es un negocio. Su misma postura de no dar rodeos se aplica a todos los otros aspectos de las vidas de sus integrantes. Ya sea hablando abiertamente sobre injusticias sociales o sobre alguien que baila violentamente en un concierto, la banda toma una postura y se aferra a ella. Como resultado, sus detractores dicen que Fugazi “sermonea”. Pero Fugazi no sermonea: da el ejemplo. Lo mismo puede decirse sobre Ian MacKaye.
Entrevista por Daniel Sinker

Acabás de volver de tocar por la Costa Oeste. Es la primera vez que andan por ahí en años. ¿Por qué les tomó tanto tiempo?
Estamos tratando de encontrar maneras creativas de hacer todo esto. Actualmente no podemos salir de gira por dos meses, solo podemos salir dos o tres semanas, así que estamos intentando resolver cómo ir a la Costa Oeste por dos o tres semanas y que valga la pena.
¿Volaron hasta allá?
Volamos a Los Ángeles y enviamos todos los equipos. Dimos diecinueve conciertos en veintiún días; simplemente los despachamos. Funcionó bastante bien.
En una banda, llegás a un punto extraño en el que te hacés más grande. Hay un cierto momento en el que algunas cosas que parecían imposibles a nivel económico terminan teniendo mayor sentido desde lo financiero. Por ejemplo, enviar los equipos costó mil ochocientos dólares en total, ida y vuelta. Pero nosotros no tenemos una van, así que tuvimos que alquilar una. Para ir en la van con todo hasta allá hubiéramos tenido que pagar dos semanas más de alquiler, además de la nafta, los hoteles y la comida. Por otra parte, no habríamos podido ir todos –y esa es la razón principal por la que solo podemos salir de gira por períodos cortos–, porque uno de los chicos estudia y Brendan [baterista de Fugazi] tiene un hijo. Todos tenemos cosas que hacer en casa. Hubiéramos tenido que pagarle un salario a al menos una persona para que conduzca hasta allá ida y vuelta.
Por lo tanto, la pregunta fue: ¿cómo hacemos para que esto funcione? El tema con nosotros y con nuestra manera de hacer las cosas es tratar de encontrar las soluciones más sencillas a los problemas. Es decir, ¿por qué no mandar todo en vez de alquilar un backline? Todo el mundo simplemente va y alquila un backline, que cuesta el doble.
¿Qué es eso?
Ah, disculpá. El backline es el equipamiento que alquilás. Llevás tus guitarras, tus palillos de batería y algunas cosas más, pero alquilás todo el resto, desde la batería hasta los amplificadores. Alquilar un backline cuesta un buen dinero. De esta otra manera, pudimos mandar todo por avión y tener nuestros propios equipos. Así no tenemos que preocuparnos por usar cosas prestadas o por el estado en el que se encuentran. Con nuestro equipamiento podemos hacer lo que queramos. Funcionó bastante bien.
Construimos unas cajas en 1988, para la primera vez que fuimos a Europa. La gente no podía creer que estuviésemos haciendo eso, pero fue como “¿Por qué no?”. Tiene más sentido que alquilar. Así que para esta gira pasamos un día poniendo todo en las cajas. Hay algo genial en poner todos tus equipos en cajas enormes de madera, despacharlos en un camión y decir “Nos vemos en algún lado”.
Tiene algo muy archivístico.
Se siente como si estuviéramos trabajando muy duro.
¿Fugazi tiene doce o trece años?
El 3 de septiembre cumplimos doce años. Nuestro primer concierto fue el 3 de septiembre de 1987.
Después de tanto tiempo, ¿cómo se mantiene novedoso para vos?
En primer lugar, la relación entre los cuatro se basa en que somos amigos. La banda es algo increíblemente importante para nosotros. Siempre hay un desafío en el grupo. Lo vemos como algo fijo, como algo real, como algo que realmente existe. El desafío es tratar de mantenerlo interesante. Obviamente, siempre hay situaciones en las que decimos “¡Dios, ya pasamos por esto demasiadas veces!”.
¿Cuáles serían esas situaciones?
Por lo general, malas entrevistas, o recibir acusaciones de habernos vendido. Hay cosas que las escuchás tantas veces que se vuelven desalentadoras. Uno piensa “¡Vengo haciendo esto hace tanto tiempo!”. Pero para mí en lo personal la banda se mantiene fresca del mismo modo que la vida. Es exactamente como la vida. Llevo vivo treinta y siete años ¿Cómo concilio eso? La banda es como vivir, para mí, es lo que hago. Es algo súper importante y preciado. Si se terminara me pondría triste, pero sé que esa es siempre una posibilidad. Creo que es debido a esa potencialidad que me mantengo comprometido.
No considero a Fugazi un negocio, porque no es algo de lo que podría aburrirme a ese nivel. Para mí es algo mucho más primario, es parte de quien soy. No es algo de lo que pueda desprenderme, ni de lo que pueda separarme fácilmente. No me aburro de la vida, así que no sé por qué habría de aburrirme de Fugazi.
Al estar juntos hace doce años, ya no salen de gira tan asiduamente como en otros momentos o como algunos de sus contemporáneos. Tampoco sacan discos de manera regular, a veces pasan varios años entre uno y otro. ¿Hay momentos en los que Fugazi ni siquiera esté en tu mente?
Creo que hubo un solo período en el que la banda no estuvo en mi cabeza, cuando fui a Alaska durante un par de semanas. Esa fue una de las pocas veces en las que no pensé en la banda.
Me despierto cada día por esta banda, pienso en música todos los días. Desde 1979 deben haber pasado en total una o dos semanas en las que no escuché música. Pienso en esto todos los días, me despierto cada mañana en la banda, me voy a dormir cada noche en la banda. Trabajo afuera de la casa en la que vivo. Mi oficina está cruzando la calle, el teléfono suena todos los días.
A veces hay largos períodos en los que no ensayamos. Si alguno se va de la ciudad, podemos pasar un par de semanas sin ensayar. Lo más cerca que estuvimos de no ser una banda fue una época en la que no nos juntábamos a tocar. Porque en ese momento había toda una energía que nos rodeaba –somos Fugazi y estoy en una banda y estoy trabajando, estoy al teléfono, hablando con gente, dando entrevistas, respondiendo e-mails u organizando conciertos–, ¡pero en realidad no estábamos haciendo nada! Era como “¿Dónde está la banda? ¿Qué hay de real en esto?”. Era todo muy abstracto.
Esto fue en 1994 más o menos. Brendan se había mudado a Seattle por un año y venía a ensayar. Llegamos a un punto en el que podíamos pasar varios meses sin ensayar y, sin embargo, los otros tres seguíamos trabajando en cosas relacionadas con la banda. ¡Pero no había banda! Creo que los cuatro pensábamos “¡Esto es una locura! ¡Quizás no deberíamos ser una banda!”. Tiene que haber algo real, tenés que tocar música, tiene que haber canciones. Si no hay canciones, entonces no es algo real. No alcanza con tener una entidad. Tenés que tener sustancia.
Como banda trabajamos todo el tiempo. La gente cree que salimos de gira dos semanas y después nos quedamos nueve meses sin hacer nada o algo así. No es el caso, cuando no estamos de gira estamos ensayando. Trabajamos todo el tiempo.
Nuestras vidas están cambiando: algunos se están casando, Brendan tiene un hijo, nuestros padres se están enfermando, nuestro sonidista está estudiando. Todas estas cosas que nos están sucediendo hicieron que tuviéramos que reducir la cantidad de tiempo que podemos dedicarles a las giras, pero al mismo tiempo hay muchos otros lugares en el mundo a los que pudimos ir a tocar. Al principio, hacíamos una gira por Nueva York y volvíamos, después íbamos al Medio Oeste y volvíamos, después, a la Costa Oeste y volvíamos. Cada vez que nos vamos incluimos más lugares a los que queremos ir. Fuimos a Europa, después a Australia, Asia, América del Sur. Ahora tenemos una lista enorme. Podría mencionarte ahora mismo 365 ciudades a las que podríamos ir a tocar. ¡Eso es un año entero! Un año entero dedicado a tocar. Eso significa que, al mismo tiempo que estamos reduciendo la duración de las giras, nuestro circuito se está ampliando. Es algo que genera una contradicción, y venimos viendo cómo lidiar con eso.
Creo que la gente se ha preguntado qué estuvimos haciendo durante los últimos tres años. ¡Estuvimos trabajando! Eso es lo que estuvimos haciendo. Hicimos un documental, hicimos dos discos. Trabajamos todo el tiempo, y no es que no estuvimos de gira, estamos de gira todo el tiempo. El año pasado probablemente haya sido nuestro año más lento, y estuvimos de gira seis semanas. También hicimos la banda sonora de la película y editamos End Hits.
Un aspecto del Hazlo Tú Mismo es que de verdad tenés que hacerlo vos mismo. ¡Es trabajo! Manejamos y organizamos las fechas nosotros, hacemos el mantenimiento de nuestros equipos, nuestras propias grabaciones, incluso manejamos los impuestos. No tenemos a otra gente haciendo todas esas cosas. Todo esto lo hacemos nosotros, y lleva tiempo. No podés estar de gira todo un año, porque en algún momento alguien tiene que volver a casa y conseguir más fechas. Creo que hay un gran trabajo de infraestructura que hacemos nosotros y del que la gente no está al tanto.
El modo en el que la gente percibe el sistema musical supone que uno tiene un montón de gente haciendo las cosas por vos, pero eso no es punk rock. Nosotros venimos de un mundo en el que las cosas las hacés vos mismo. A veces siento que somos como los shakers,[1] o los amish, o algo así. La gente dice “Ustedes hacen todo tan difícil”. Bueno, ¡es así! Nos ven como si anduviéramos por la autopista con un carruaje. “¿Por qué tienen un caballo y un coche? ¿Por qué no se consiguen un auto?”. Hay una razón.
¿Y cuál es?
La razón por la que hacemos las cosas de esa manera es que así nos sentimos más cómodos para presentar nuestra música. En parte porque es la única manera que conocemos de hacer las cosas, y en parte porque ninguno rechazó este proceso. Algunos dicen que no es un proceso lógico, pero eso es mentira, es completamente lógico. Me parece que la razón por la que tenemos esa postura frente a la música es que nos da el control absoluto sobre cómo hacerla y sobre cómo manejar la banda. No nos sentimos obligados por nadie a hacer nada que no queremos. No estamos en deuda con nadie.
Cuando una banda firma con una discográfica multinacional, sin importar cuán bueno crean que es el contrato, sin importar cuánto control creativo crean que se les está dando, es inevitable ser consciente de que estás siendo una inversión. Alguien pone dinero en vos y tenés que saldarlo de alguna forma. Y querés saldarlo. Creo que muchos grupos que han firmado niegan –quizás incluso a sí mismos– el deseo abierto de “volverse famosos”. Si todo sale bien, entonces sí, genial. Pero si las cosas no salen como lo planeado, entonces todos esos aspectos del “gran arreglo” y el “control artístico” se van por la ventana, porque todo se vuelve desesperado. Y si el sello pierde el interés, quedás a la deriva. Nosotros nunca tuvimos ese problema.
Pero definitivamente hay un espacio entre el camino que toma Fugazi y firmar con una discográfica grande. Por ejemplo, hay un montón de bandas independientes que no organizan sus propias giras. Contratan a un promotor para que les programe las fechas o a un contador para que les maneje los gastos.
Permitime aclarar algo: no estoy criticando a nadie por tener un contador o un promotor. Soy un poco desconfiado de los mánagers, pero eso es porque tuve enredos con ellos muy seguido. Hay algunos que son excelentes, pero la mayoría son problemáticos. No me malinterpretes, no estoy criticando a esas bandas, solo te estoy explicando por qué trabajamos como trabajamos. Este es el modo en el que nosotros operamos.
Hubo un período en el que teníamos a alguien que me ayudaba a armar fechas con la banda, y era un problema, porque no había buena comunicación. Mucho de lo que hacemos es instintivo, en cada situación que se nos presenta pensamos cómo lidiar con ella. Tiene que ser instintivo. Es difícil para alguien que opera un negocio manejarlo de forma instintiva, no va con su modelo. No critico a las bandas que toman esas decisiones, para nada, ni tampoco a las que firman con grandes discográficas; solo creo que tienen que saber qué esperar y a qué atenerse en lugar de aferrarse a la idea de que “es un gran contrato porque tenemos control absoluto”, porque no es así. Pero para algunas bandas supongo que es lo mejor que pueden hacer.
¿Por qué?
Porque creo que muchos sellos independientes se equivocaron de forma tan horrenda que algunas bandas realmente no tienen otra opción. Soy consciente de que tengo una discográfica; la tengo desde 1980. Dischord ya estaba bien establecida cuando Fugazi comenzó, así que ya teníamos un medio, soy consciente de eso. Sé que hubo mucho trabajo hecho anteriormente, por lo que estoy en otra posición. Hay bandas a las que les está yendo bien pero que no tienen detrás un sello que las representa de manera competente. Entonces tienen que tomar una decisión, y a veces firmar con una gran discográfica es la mejor opción. Creo que mucha gente piensa que soy mucho más crítico respecto al modo en el que otra gente trabaja debido a la manera en la que nosotros hacemos las cosas, pero nunca se trató de la otra gente, siempre se trató de nosotros mismos.
Al encargarte de todo tomaste decisiones que hicieron que recayera sobre vos incluso mucho más trabajo. Me identifico con eso, por lo que tengo que preguntarte algo que siempre me pregunto a mí mismo: ¿vale la pena? ¿Hay momentos en los que te arrepentís o en los que decís “Dios, ojalá pudiera simplemente sentarme a leer un libro”?
Sí, hay momentos en los que pienso “Dios, ¿cuándo vivo?”. Pero el problema no es no tener tiempo para hacer cosas, sino no tener el deseo; no tengo la paz para no hacer cosas. Simplemente siento que tengo que hacer. El trabajo tiene sus recompensas, trabajás ahora o lo pagás luego. Todos me dicen que trabajo todo el tiempo, y yo les respondo “Eso es lo que hago, ese es el momento en el que soy feliz”.
Hay gente que trabaja para mí –hay otras personas trabajando en el sello ahora–. Soy bastante bueno delegando trabajo, no me es un problema, pero en general sigue habiendo mucho trabajo que hago yo. Sigo siendo el que sale a tirar la basura, el que rastrilla las hojas. Creo que en algún sentido el aspecto más importante de mi vida es que sigo haciendo cosas. Las personas que no lo hacen pierden contacto con lo que sucede.
La otra noche vi una banda tocar. Cuando bajaron del escenario dejaron todos los equipos ahí arriba. Estaban abriendo para otro grupo, pero no se les ocurrió bajar sus cosas. Vienen de un mundo en el que no guardan sus propios equipos. Para mí ese proceso es una gran parte del arte, ese es el arte. No es solamente “Wow, qué disco lindo”, o “Este álbum suena genial”, se trata del proceso. Se trata de hacer el disco o de organizar la gira. Eso lo veo como un arte. Esas partes no son donde se supone que intervienen las máquinas. Las máquinas son torpes, las máquinas cometen errores. No sé cómo manejás tu revista o qué supervisás, pero para mí todo eso es parte de tu arte. Eso es lo que distingue a tu revista de otras. Supongo que el modo en el que trabajamos con la banda también nos diferencia. Pero uno no puede realmente definirlo, no es algo que las personas puedan ver. Es lo que nos hace diferentes. Veo a Fugazi como algo que no puede durar para siempre. Siento que mientras esté sucediendo, tengo que hacerlo.
¿Qué haría que Fugazi se detenga?
Que uno de nosotros decida que ya no le interesa.
¿Entonces ninguno de ustedes podría tener un reemplazo?
No, jamás. Somos nosotros cuatro y punto. Cada uno de nosotros tiene agarrado el cable. Creo que el hecho de saber que cualquiera de nosotros puede detener la banda en cualquier momento es lo que nos hace seguir. Todos sabemos que tenemos el poder de frenar. No estamos metidos en la locura de otro, estamos en nuestro propio camino. Cuando queramos parar, podemos hacerlo.
Eso es más o menos lo que decías en cuanto a mantener el control. Al manejar el modo en el que funciona Fugazi, solo ustedes cuatro pueden decidir cuándo termina.
Otro aspecto mío es que no pienso en el futuro. No es que no tenga esperanzas, porque las tengo –de hecho, soy una persona bastante optimista–, sino que encuentro el futuro menos interesante que el presente. El pasado no es algo malo para estudiar, porque es algo que ya está hecho y podés observarlo y pensar “Ahá, qué interesante”. Está a salvo, ya está sellado. El futuro es tan impredecible que no pienso mucho en él. El presente es algo muy importante para mí. Siempre pienso en el día, en el ahora. Esto es lo que estoy haciendo ahora y es ahí donde radica mi mayor fortaleza, porque es con lo que más cómodo me siento.
Hay personas que me preguntan “¿Qué va a estar haciendo la banda en cinco años?”. ¡No tengo idea! Ni siquiera sé lo que voy a estar haciendo en cinco meses. No lo sé, pero no me preocupo porque estoy sentando una base lo suficientemente sólida como para estar bien más adelante. No me preocupa el futuro, no estoy tratando de establecer cosas para más adelante, simplemente estoy trabajando.
Muchos también me preguntan “¿Cómo comparás Minor Threat con Fugazi?”. Bueno, en primer lugar, no lo hago, pero si tuviera que responder, no dudaría en decir que Fugazi es una banda más importante. Diría que cualquier banda que esté activa hoy en día es más importante que las bandas que hubo antes. Son más importantes porque existen. Esos otros grupos están terminados, se acabaron. Son importantes en un nivel, pero es prácticamente en un nivel educativo. Hoy son historia.
Son importantes por su capacidad de ayudarnos a entender mejor el presente. Minor Threat no puede influenciar lo que está sucediendo ahora.
La gente puede estar influenciada por Minor Threat, pero Minor Threat no puede influenciar a nadie.
Exacto. El mayor propósito de Minor Threat es ayudar a entender lo que estás haciendo ahora. Explica el trabajo que hacés en el presente.
Una de las razones por las que se separó Minor Threat fue porque estábamos en desacuerdo en cuanto a qué camino seguir y qué hacer con él. Estábamos en desacuerdo entre todos en cuanto a la música, a las ideas y a las aproximaciones hacia diversas cosas. Parecía claro que nos estábamos yendo en direcciones distintas. En lugar de mantener el nombre y deteriorarnos como unidad a nivel ideológico, dijimos “Aceptémoslo, frenemos. Dejemos que sea una pieza concluida”. Es como un libro, frenás antes de irte por una tangente. Terminá el puto libro así tiene algún sentido y significado. Estoy muy contento de que haya sucedido de ese modo. Siento que hay muchos grupos que se mantienen unidos simplemente por el nombre y socavan el impacto que sea que hayan generado por seguir usando el nombre años después de que la idea se haya diluido. Siempre me sentí muy firme respecto a eso, lo que es irónico en términos referidos a Fugazi: pasaron doce años desde que comenzamos este grupo, pero la idea se mantiene solvente. No parece que nos hayamos desviado respecto del camino que los cuatro imaginábamos para la banda en un primer momento.
¿Cuál es esa idea?
Desafiarnos a nosotros mismos, siempre fue así. Cuando me preguntan cuál es la función de la banda siempre digo “La función de la banda es tocar música”, y la gente se queda como “¿Eso es todo?”. La música es la moneda de la vida, ha sido una de las formas de comunicación más importantes desde siempre. Cumple un rol importante, y no voy a limitarla diciendo “La razón por la que hicimos esta banda es para cambiar esto o aquello”. La música en sí cambia cosas, no somos nosotros los que las cambiamos. Este es tan solo el modo en el que trabajamos nosotros, esto es lo que podemos hacer. Lo hacemos de un modo que, creo yo, sigue sintiéndose orgánico. Obviamente, hay gente que nos escuchó en un momento y si nos escucha ahora va a pensar “Esta banda es completamente distinta”, pero eso es porque no siguieron todo el camino. Creo que como banda hubo una evolución muy natural.
Hasta hace no mucho, había gente que nos decía “Ustedes pueden hacer esto por ahora, pero eventualmente van a tener que lidiar con la realidad”. Pero la música es nuestra realidad desde el día uno, no es que estuvimos engañándonos. Creo que la razón por la que mucha gente no puede creer que las cosas puedan hacerse como las hacemos nosotros es porque nadie se molestó en intentarlo. Es como si fueras por un camino y en cierto punto aparece un cartel que dice “Precaución: Terreno desconocido adelante”, y por eso todos se salen del camino. Nosotros dijimos “¿Por qué no avanzar y ver qué es lo que hay?”, y descubrimos que lo que había no era tan duro. Es difícil, pero no es algo imposible de negociar, se puede hacer.
Dijiste que la idea del grupo es el desafío. ¿Por qué creés que tu respuesta a ese desafío fue formar una banda en lugar de escalar montañas o escribir novelas o buscar curas para enfermedades? ¿Qué creés que pasó en tu vida que te llevó hacia la música?
Mi mamá tocaba el piano y siempre tuve cariño por la música, siempre me atrajo mucho, desde que tengo memoria. Pero nunca me sentí un músico. Empecé a tocar el piano a los tres años, y mi mamá me llevó a clases recién a los nueve. Me senté y toqué algo para el profesor. Me observó tocar y me dijo “Muy lindo, pero eso no es tocar el piano”. En ese momento supe que las clases no me iban a funcionar. Seguí como medio año más, y terminé dejando tanto las clases como el instrumento. Para mí hay cosas que se dan naturalmente, y cuando me dijeron que no estaba tocando el piano quedó claro que yo no iba a encajar en su estructura. No estuvo bien para mí, no estuvo bien que la gente no reconociera lo que yo estaba haciendo por el hecho de que no encajara en su definición de algo. Supongo que siempre tuve un gusto por lo heterodoxo.
¿De qué otro modo creés que se manifestó?
Cómo no se manifestó, mejor dicho. Básicamente, no hice nada según los manuales [risas]. Durante toda mi vida hice las cosas de manera poco convencional.
Cuando era un niño, armamos un equipo de skateboard porque nos gustaba andar, no porque fuéramos buenos o porque tuviéramos patrocinadores. Simplemente lo hicimos. Empecé a andar a mediados de los setenta, y muchos pensaban “No es más que un deporte”. Pero no es solo un deporte. Andar en skateboard tiene que ver con redefinir las cosas. Era como ponerse un par de anteojos con filtros: cada esquina, cada vereda, cada calle, cada pared tenía una nueva definición. Veía el mundo de una manera diferente que los demás, todo había cambiado completamente porque era un skater. Realmente me ayudó a comprender la idea de redefinir lo que te fue dado. Siempre me interesó plantear “Acá hay algo presentado de una manera. Ahora, ¿cómo funciona y cómo puede funcionar?”. El skateboard fue muy importante en eso.
A los trece o catorce años, me había rendido respecto a hacer música, porque no era un músico formado. No creía que pudiese hacerlo, porque parecía que todos los que tocaban eran profesionales. Por eso el punk rock fue tan importante para mí. Me di cuenta de que ahí había un espacio en el que podía operar como quisiera, y que nunca funcionaría con la gente del mainstream. Encontrar ese lugar tuvo mucho sentido para mí, fue parte de la rebelión que sentía con el skateboard. El punk rock parecía el lugar lógico hacia el cual avanzar.
Irónicamente, en ese entonces yo pensaba que el skateboard y el punk rock no se mezclaban. En 1979 no se mezclaban en absoluto. Dejé de andar tanto en skateboard porque a mis amigos skaters no les interesaba en el punk rock y a mis amigos punks no les interesaba el skateboard. Pasó más o menos un año hasta que los skaters finalmente empezaron a convertirse en punk rockers. Ahora los dos son prácticamente sinónimos, pero al menos durante unos años parecían ser opuestos; parecían estar siempre en desacuerdo. Para mí, sin embargo, había una unión completamente lógica entre ambos. Me puse tan contento cuando Tony Alva se cortó el pelo. Me sentí tan a gusto; pensé “Wow, no soy solo yo”. Eso hizo que todo pareciera más lógico.
¿Cuál fue la reacción de tus padres frente a todo esto? Tu madre te anotó en clases de piano y las abandonaste al poco tiempo. Hay muchas personas que no reciben ningún apoyo de sus familias cuando eligen caminos poco tradicionales. Me animo a pensar, considerando que tanto vos como tus hermanos fueron en direcciones similares, que tus padres los apoyaron.
Creo que tenés razón. Cuando abandoné el piano, mi mamá me apoyó. Mis padres son gente poco convencional desde el vamos. Nos apoyaron en todo. Hace ocho años, tuve una pequeña crisis porque no fui a la universidad. Llamé a mi padre y le dije “No fui a la universidad, por ahí cometí un error”. Me respondió “¿Estás loco? ¡Mirá todo lo que hiciste!”.
Cuando terminé la secundaria, mi padre quería que fuera a la universidad. Quería que aplicara, pero yo ya había decidido que no iba a ir, sabía que no era el lugar para mí. La única universidad a la que apliqué, la Universidad de Boston, era justo a la que mi padre no quería que fuera porque sabía que me iba a pasar todo el tiempo peleando con el decano. Él quería que estudiara, pero no le veía el sentido a pagar una matrícula para que yo me pasara todo el tiempo discutiendo con los profesores sobre diversos asuntos. ¡Pero no lo puedo evitar! Siempre me atrajeron las peleas. Mi padre también pelea por las buenas causas. Es parte de lo que él es, y siempre está listo para dar esas peleas. Cuando decidí que no iba a ir a la universidad, mis padres no me la hicieron difícil. Me apoyaron mucho. Sabían que la música era importante para mí.
Es raro. Siempre me sentí muy apoyado por ellos. Seguimos siendo muy unidos; seguimos cenando juntos los domingos, mi madre, mi padre, Amanda, Alec, mi hermana Katie y nuestros varios amigos y parejas.
¿A qué se dedican tus padres?
Mi padre es editor freelance. Trabajó para el Washington Post durante veinticinco años. Es un tipo bastante teológico, estuvo en un seminario en los años cincuenta. Lo dejó y se casó con mi madre. Fue editor de religión durante varios años para el Post. Antes de eso, fue corresponsal en la Casa Blanca, en la era de Johnson. De hecho, estaba en la caravana presidencial cuando le dispararon a Kennedy. Se enredó con el Post durante la huelga de prensa de 1974 y medio que lo dejaron de lado, hasta que en 1982 o algo así se convirtió en editor freelance. Edita una revista teológica para un seminario. También edita los crucigramas de la Washington Post Magazine. Además, es un miembro activo del Washington Free Clinic.
Mi madre también es escritora. Ella y mi padre escribieron un libro juntos. Todos en la familia son escritores, mi abuelo, mi tío abuelo –no tengo ni tíos ni tías, mis padres son ambos hijos únicos–. Mis dos hermanas escriben. Todo pasa por las palabras, todos en mi familia están involucrados con la escritura de alguna forma. Pero mi madre es principalmente historiadora. Hace años que no tiene un trabajo, pero estudia y lee todo el tiempo. El último año se ha quedado mucho en casa, está con problemas respiratorios y necesita asistencia de oxígeno.
Mi madre es una especie de ancla en muchos aspectos. Ella mantiene la casa de Beecher Street andando. La dirección de Dischord es en verdad la casa de mis padres. Comenzamos el sello cuando yo todavía vivía ahí, y nos dimos cuenta de que era la dirección más sólida. Cuando nos mudamos a la Dischord House, no pensamos que nos quedaríamos acá más de seis meses, y no queríamos usar esta dirección; ya llevo acá dieciocho años. Mi mamá mantiene Beecher Street en orden. Siempre fue un centro de paz.
¿Qué hacés cuando no estás trabajando?
No sé… Visito gente. Tomo el té con gente, juego a las cartas con mi madre… Hace años que no tengo un hobby, no colecciono nada [risas]. Antes pensaba “Si en algún momento tengo algo de dinero, voy a hacer esto y lo otro”, pero no me interesa, no quiero comprar cosas. Me gusta pensar que cada tanto salgo a andar en skate, pero tampoco lo estuve haciendo demasiado últimamente. Estuve haciendo yoga y viene bien. Es mi única actividad extracurricular.
Tengo dos niveles de preocupación: uno tiene que ver con el trabajo que tengo que hacer –pagar impuestos, responder la correspondencia, trabajar en las giras–, pero hay otro nivel de estática que no puedo superar, un estado perpetuo de intranquilidad. No puedo explicarlo, debe tener que ver con mi edad. Tengo treinta y siete años y me pregunto “¿Qué estoy haciendo? ¿Qué es todo esto que hago?”. Y supongo que lo que hago es esto: hablar por teléfono. Pero me gusta hablar con la gente. Yo soy mi trabajo. Esta comunidad es mi trabajo. Eso es lo que hago, ese es mi hobby. Eso es todo. No me desespera. Me sentiría cómodo si todo desapareciera, no me aterra eso. No soy posesivo. Solo siento que si está acá, por qué no hacerlo.
¿Y si todo desapareciera?
Tengo confianza en que me las ingeniaría. Pero no pienso en eso. No tengo planes más allá de los inmediatos. Estoy trabajando en un espacio, hay un edificio que compró una organización –hacen trabajo para ayudar a ancianos– y yo estoy ayudándolos. Estamos tratando de crear un pequeño espacio, con capacidad para cien personas, para hacer presentaciones y encuentros en los que las ideas puedan desarrollarse sin las motivaciones económicas que parecen venir con la música en la actualidad. También se podrá usar para otras cosas, películas, teatro, lo que sea. Es un lugar, no un negocio; me interesa mucho crear esto. Es muy importante para cualquier tipo de sociedad o cultura tener lugares de esta clase donde no necesitás ganar dinero. Ganar dinero se vuelve muy problemático para el arte y las ideas. Me interesa hacer esto. Eso cuenta como algo productivo en lo que estoy trabajando.
¿Te imaginás de anciano?
Sí.
¿Cómo te imaginás?
Es gracioso, cuando tenía dieciocho años di una entrevista en la que dije que me sentía completamente cómodo con la idea de envejecer, no estaba deseando llegar a los treinta, ¡y es cierto! Eso se confirmó. Para mí, la transición de ser un chico a ser un hombre es la más difícil, la más incómoda. Ser viejo, ¿a quién le importa? ¡Es divertido! Ahora mismo estoy en un tiempo y espacio raro en el que no sos un chico pero te sentís como tal, y no sos un adulto pero la gente te ve así.
Una vez estaba ordenando mi habitación y estaba escuchando Led Zeppelin. Robert Plant cantaba y cantaba sobre estas cosas aparentemente para adultos, y me di cuenta de que él tenía dieciocho años cuando grabó ese disco –yo tenía cerca de veintinueve en ese entonces–, y recuerdo que pensé “Dios mío, tengo veintinueve años y nunca me convertí en un adulto”. Ahí estaba Robert Plant con dieciocho, cantando sobre tener su propio departamento y recorrer la ciudad. Me parecía tan adulto. Llamé a mi papá y le dije “Papá, me estoy asustando un poco. Tengo veintinueve años y me estoy dando cuenta de que soy un adulto, pero nunca hice la transición”. Él me respondió “Bueno, te voy a decir dos cosas. Primero, que yo sí te veo como un adulto. No sos un chico. Lo segundo es que ni yo no me veo a mí mismo como un adulto” [risas]. Él tenía sesenta años y tampoco había terminado de asumirlo. Fue agradable y al mismo tiempo terrible darse cuenta de lo difícil que es esa transición.
Me encantaba ser chico. Creo que el tiempo que pasé en el secundario fue uno de los más increíbles. Me encantaba, pero no miro hacia atrás con nostalgia. Siempre me siento mal cuando veo gente de esa edad que no está contenta al respecto, como si solo quisieran pasar a la siguiente etapa. Es un gran momento, hay tantas posibilidades, un potencial enorme. A medida que vas envejeciendo, el gusto de la gente por los desafíos disminuye. Las personas parecen volverse mucho más reticentes en algunas cosas. La gente de entre treinta y cuarenta años parece tener mucha menos voluntad de arremangarse e involucrarse en algo ridículo. Para mí, involucrarse en algo ridículo es la vida, porque la vida es ridícula.
¿Cómo eras de chico?
¿En qué sentido?
Además de tocar el piano y andar en skate, ¿qué hacías? ¿Eras bueno en el colegio? ¿Eras popular o tímido?
Me gustaba el colegio. Realmente lo disfrutaba, pero creo que por las razones incorrectas. No me iba muy bien, egresé, pero en general aprobaba con lo justo. Me gustaba el colegio porque lo veía como una estructura, y admiraba eso. Me gusta trabajar dentro de estructuras. Era como un microcosmos de la sociedad, una pequeña placa de Petri. No creo haber sido tan analítico en ese entonces, así que no puedo decir que pensara esto mismo antes. Pero, en retrospectiva, creo que el colegio –y la secundaria en particular– es uno de los últimos momentos en los que estás obligado a relacionarte con otra gente. Tenés que estar ahí por ley, y todas estas personas vienen de diferentes lugares, personas con las que jamás socializarías y que también tienen que estar ahí; nunca vas a volver a estar en esa situación. Cuando trabajás, todos tienen algo en común, todos reciben un sueldo y son arrastrados a ese lugar por una razón en particular por alguien. O si vas a la cárcel, todos están siendo castigados por algún motivo, hayas hecho algo o no. Pero es raro encontrarse en una situación social con gente con la que nunca pasarías tiempo de otro modo. Es una rareza, y no sé si pasa nuevamente, a menos que te pierdas en el mar o algo así [risas].
Para mí, el colegio fue una gran experiencia, porque me interesan las personas. Creo que parte de por qué me gusta tanto salir de gira es porque me gusta estar con personas con las que de otra manera no pasaría tiempo. Es una gran oportunidad. Es ir tras el momento en vez de esperar que se presente. Por eso disfruté tanto el colegio. Creo que lo veía como un escenario en muchos sentidos. No voy a decir que fuera la persona más popular, pero sí tenía muchos amigos. Y, por supuesto, me sentía un tonto y todo eso. Me sentía completamente fuera de onda. Tené en cuenta que encima no me drogo. Ya en ese entonces el hecho de no drogarme me convertía en un raro. Pero no es que era abstemio y nerd; era abstemio pero salía con todos. Me llamaban “la conciencia del grupo”. Yo no le decía nada a nadie, pero estaba ahí saliendo con todos los chicos fumones aunque yo no fumara.
Hacía teatro, que me gustaba mucho. Había una comunidad teatral, muy rebelde, que funcionaba fuera de la escuela. Creo que fui al colegio durante la última etapa de la influencia de la contracultura de los sesenta en los colegios. Me parece que ahora ya se deshicieron de todo eso, ya no hay cosas raras de los sesenta, pero a fines de los setenta, cuando yo iba al colegio, todavía quedaba algo de eso.
El club de teatro estaba en un lugar llamado The Rifle Range, que era de hecho un polígono de tiro del Cuerpo de Capacitación de Oficiales de la Reserva (ROTC, por sus siglas en inglés). El ROTC había cerrado, y nuestro club, The Wilson Players, tomó las instalaciones. Lo usábamos como sede en el sótano del Wilson High. Estaba lleno de accesorios. Llevábamos toda clase de cosas de la basura para usar como accesorios. Si alguien veía una silla o algo, lo llevaba por las dudas. La gente se volvía loca ahí abajo, teníamos nuestras propias llaves, y tras esa puerta podía suceder cualquier cosa. Era nuestro pequeño club, el lugar donde pasábamos el rato. Nos metimos en muchos problemas por las obras que hacíamos.
La primera obra en la que estuve se llamaba Indian Wants to Bronx. La escribió Israel Horovitz, el padre de Adam Horovitz de Beastie Boys. Trataba sobre dos miembros de una pandilla que se cruzaban a un tipo de la India que estaba perdido. Este muchacho de la India solo sabía decir “Bronx”, porque está en una estación de colectivos e intenta llegar hasta allá, pero está completamente perdido. La obra es muy extrema, porque los dos miembros de la pandilla están como drogados, vienen de andar dando vueltas por ahí, aburridos, y están llenos de odio. Prácticamente se muelen a palos y terminan matando al tipo; de eso va la obra. Yo hice de uno de los pandilleros. Nos metimos en problemas porque la obra era muy violenta y jodida. El colegio nos censuró. Encajaba perfectamente en el mundo del que quería ser parte, es decir, molestar a las autoridades y demás. Irónicamente, cerraron el Players y el Rifle Range volvió a ser un polígono de tiro. Imaginate.
Me gustaba el colegio, lo disfrutaba. Odiaba las reglas porque eran absurdas, pero de todas formas me gustaba. Era algo dentro de lo que trabajar, y yo iba y averiguaba en qué andaban las otras personas. Me gustaba encontrarme en otras situaciones. Me gusta caminar por la ciudad, me gusta salir y ver cosas. Me gusta encontrarme en otras situaciones porque me ayuda a verme mejor a mí mismo. Puedo ver qué permanece igual.
Pareciera ser que esa actitud refleja un poco cómo vivís ahora tu vida. Decir que te gustaba encontrarte en nuevas situaciones es un poco como decir que te gustan los desafíos diarios de lo que hacés. Tenés que lidiar con tantas cosas que estás constantemente en una “nueva ciudad”, hablando figurativamente. Hay poco tiempo para acostumbrarse al patrón.
Tenés que dar un paso atrás y reconocer el patrón más grande. Cuando empecé a salir de gira estaba este problema. Cuando estaba en Minor Threat quería darlo todo en cada concierto. Cuando tocábamos en Washington queríamos que fuese único, y nos guardábamos todo para ese concierto. Pero después nos íbamos de gira y tocábamos doce veces en dos semanas o algo así. De pronto tenés que tocar cada noche, y eso se vuelve un problema. Yo pensaba “Dios, tengo que darlo todo cada noche, pero no puedo darlo todo cada noche porque no me va a quedar nada para la noche siguiente”. Entonces de pronto tenés que dar un paso hacia atrás y dárselo todo a la gira entera. Tenés que retroceder y ver patrón siguiente. Tenés que poder lanzarte a algo y darlo todo sin sabotearte a vos mismo por completo.
¿Y qué ves como el patrón completo?
Hace un año empecé a sentir que paso demasiado tiempo sentado en esta oficina. Sigo sintiéndolo. Muchas veces me digo “Dios, todo lo que hago es sentarme en esta oficina y trabajar”. Eso no es bueno. Mi universo es demasiado pequeño, necesito estar con otra gente. Todos trabajaban fuera de la casa, y ahora estoy solo yo en la casa; eso no está bueno. El hecho de reconocer eso me hace saber que necesito encontrar otras ideas. Estoy empezando a sentir que esas ideas comienzan a desarrollarse más y más. Quiero encontrar otro espacio, algo como aquel club, un lugar al que pueda venir la gente.
Yo necesito interactuar con otras personas para poder realmente desarrollar las ideas. Yo no toco la guitarra cuando estoy solo, toco únicamente con la banda. Puedo tocar el piano solo, pero a la hora de componer canciones se trata del compañerismo. Se trata de trabajar en las cosas con otras personas. Buena parte de lo que hice siempre tuvo que ver con la colaboración. A pesar de que me rompo el culo trabajando, cuando me pongo con algo no estoy seguro de si lo haría solamente para mí. Nunca me ves como Ian MacKaye. Siempre fui un cuarto de Fugazi o de Minor Threat. Siempre fui parte de algo. Soy una persona verborrágica, hablo un montón, por eso recibo mucha atención en ese nivel, pero creo que no podría hacer las cosas si fueran solo para mí. Necesito sentir que estoy haciendo las cosas con otra gente.
Cada tanto pienso “Quizás debería escribir algo”. Si fuera a escribir un libro y no supiera para quién lo estoy escribiendo, escribiría estas palabras: ¿A quién carajo le importa lo que digo o lo que escribo? Eso es todo. Me encantaría sentir que puedo escribir un libro capaz de producir algún impacto, pero no lo siento. Pero sí siento que puedo escribir música colectivamente. Creo que la música me rompió la cabeza, y mi objetivo es devolverle el favor. Pero no es solo por mí y no es solo para mí, tiene que ser compartida. Ya sea compartida con la gente con la que estoy tocando o con la que está escuchando. Tiene que haber alguien escuchando. Si no hay testigos, para mí no existe.
